viernes, 24 de agosto de 2007

Mas ejemplos sobre la corrupcion campeante

La Republica en su editorial del 24-08 da un puntillazo



Un fallo reciente del PJ condenando a penas leves a un grupo de ex magistrados que formó parte de la penetración fujimontesinista en dicho poder del Estado vuelve a poner en el tapete el tema de la lucha anticorrupción, completamente descuidada por el actual gobierno y sujeta a procesos lentos y dilatados, al punto que –siete años después– solo 40 de los varios centenares en curso cuentan con sentencias firmes y definitivas.El caso es tanto más escandaloso por cuanto una encuesta de la PUCP de hace dos meses revela que, en opinión de una mayoría de ciudadanos, buena parte de las instituciones son percibidas como corruptas (Congreso, Policía, PJ y MP, partidos, gobierno, FFAA, municipios, poder regional y hasta empresa privada). Además, un 41% de los consultados considera que el Perú es hoy algo o mucho más corrupto que hace 12 meses. Estos datos, qué duda cabe, son una derrota para la democracia.Hace siete años, a la caída de la dictadura, el país se enteraba, con asombro y repudio, de lo que un decenio de poder absoluto había significado. Mientras se saqueaba los recursos del Estado y se destruía sus instituciones, la corrupción y su hermana gemela la impunidad reinaban. Tuvo que darse una reacción vigorosa de las partes sanas de la sociedad para derribar a una autocracia que tenía todo preparado para perpetuarse en el poder mediante el fraude y la compra de conciencias.La sensación general es que no hemos avanzado lo suficiente. Castigar la corrupción y cerrar el paso a la impunidad siguen siendo tareas imprescindibles. Pero, a la vez, se requiere de labores de prevención y fortalecimiento del cuerpo social para inmunizarlo al mal y dotarlo de mecanismos eficaces de fiscalización que permitan detectarlo a tiempo. Esta es una tarea especializada a la que los sucesivos gobiernos –con la gran excepción del de Paniagua– no han prestado atención.Sorprende también la tolerancia y falta de memoria de los peruanos en una lucha que debiera ser de todos, pero que parece interesar a pocos. El combate anticorrupción no es una moda pasajera, debe ser una acción permanente de todos los gobiernos. No deja de ser significativo que ni el toledismo ni el aprismo retomen las recomendaciones de la Iniciativa Nacional Anticorrupción del gobierno transitorio. Tampoco se recuerda la promesa de "tolerancia cero" con la corrupción que el candidato AGP ofreció como solemne compromiso antes de pretender ahora quitar de en medio a la Contraloría e impedir que cumpla sus funciones. Pero de ese insólito proyecto de ley nos ocuparemos mañana.



Cesar Hildebrandt en un acertado comentario sobre las compras en los minsiterios


Que se lleven a Alva en patrullero


Si una empresa tuviese que comprar masivamente algo que necesita con urgencia, le haría el encargo a la gerencia de compras y adquisiciones.Bueno, ¿qué pasaría si la gerente de compras –digamos, una señora apellidada Mazzetti– permitiese, por negligencia o interés, que unos subalternos metieran la mano para subir el precio de los bienes en combina con los proveedores?Digamos que el presidente de la compañía –un señor apellidado García– la despide y todo el mundo, o casi todo el mundo, aplaude ese gesto correctivo.Entonces, el señor García nombra a uno de sus más allegados ejecutivos nuevo gerente de compras y le encarga comprar ya no N de esos productos sino N más el 50% de N. ¡Todo un desafío! ¡Esta vez nada puede fallar! El nuevo gerente de compras –un señor apellidado Alva– recibe toda la confianza del señor García y empieza la tarea. La acomete con aplomo y la resuelve en un dos por tres, como buen ejecutivo que es. Y, por supuesto, recibe todo el apoyo del presidente de la compañía, el señor García, quien defiende la adquisición hecha por tratarse de “productos garantizados”, responde a los impugnadores diciéndoles que tienen intereses mezquinos en favorecer a otros proveedores (los tradicionales), y asegura la limpieza de la operación afirmando que “es una de las operaciones más transparentes que haya visto, entre otras cosas porque nos hemos ahorrado once millones de soles en la compra”.Entonces los impugnadores retroceden, los escépticos se callan, la portátil aplaude, la gente se olvida del asunto y las secretarias de intendencia regresan a su lima de uñas con más chismes que nunca en la cartera.Entonces, ocurre lo increíble. Una tarde, cuando todos creían que los bienes comprados estaban ya siendo embarcados en algún puerto de la nueva China (la de Mao o menos), la secretaria del señor Alva –no el señor Alva– anuncia en un memo discreto que la compra queda anulada porque el proveedor no ha presentado, el día señalado, una garantía adicional considerada como imprescindible.¿Qué cosa?¿La secretaria de Alva comunica algo tan grave?¿Y el señor Alva, que había defendido ante el directorio del Congreso la compra? ¿Y el señor García, que había defendido al señor Alva ante la asamblea de accionistas, o sea todos los cojudetes de la patria (la inmensa minoría de todos nosotros)?Ni García ni Alva aparecen en estas primeras horas. Y, mientras tanto, estallan los rumores. Entonces era cierto que el tal proveedor era un sinvergüenza que en vez de plantas de mantenimiento tenía un tallercito de auténtica mala muerte. Entonces era cierto que el tal proveedor había vendido armas en vez de patrulleros y reclutado mercenarios para Irak en vez de técnicos en planchado y pintura. Entonces era cierto que los bienes en cuestión estaban sobrevaluados en 40 por ciento. Entonces era cierto que ni siquiera China usaba esos vehículos como patrulleros. Entonces era cierto que el asunto apestaba.Y entonces, por extensión, resulta perfectamente entendible por qué este gobierno de tantos incapaces juntos está haciendo del shock económico un aborto, de Juntos un proyecto nobilísimo que no termina de aterrizar, de Crecer un folleto en papel plastificado, del chorreo un sueño del Sahara, de la compra de patrulleros una interminable película de Hitchcock y del terremoto una demostración de cómo se puede desafinar de modo tan sinfónico cuando se quiere ayudar con el propósito pero no con la cabeza.La pregunta es, entonces: ¿qué hacemos con el presidente de la compañía, el que metió sus manos al fuego, tal como lo hiciera hace años con los remigios del primer reinado? Ya no pregunto qué hacer con el señor Alva, por supuesto, porque su destino, como el de los yanquis, es manifiesto: que se lo lleve un patrullero y lo devuelva a las puertas del Congreso.